Son tiempos de cambio de conciencia en múltiples dimensiones y, sin lugar a dudas, una de ellas es la forma en que entendemos las actividades fundamentales para sustentar el estilo de vida en el que nos deseamos desarrollar. Las operaciones de transporte y logísticas han acompañado el desarrollo de la humanidad y lo seguirán haciendo, por lo mismo no quedan ajenos a este cambio profundo en el sentido y la forma en que hacemos las cosas.
Junto con sostener la calidad de vida y el acceso a productos y servicios de la población, la actividad logística impacta negativamente al medio ambiente de variadas formas: emisiones locales y globales, congestión en las ciudades, accidentabilidad, entre otras, pero hoy las preocupaciones ambientales se encuentran focalizadas en la liberación de gases de efecto invernadero (GEI) de toda actividad humana y, globalmente, el movimiento de mercancías es responsable del 7 – 8% de los GEI, una cifra que se prevé duplique para el año 2050 si las empresas no logran una descarbonización profunda de las operaciones logísticas (Alan Mackinnon, 2018)